Cerrar la puerta al olvido era uno de sus anhelos. Desgraciadamente no tenía los recursos que eran necesarios para poder pasar al acto.
Alejar a su familia, desheredar y cortar de raíces era demasiado violento, aunque la tentación acechaba una y otra vez cada vez con más fuerza.
Fue una pesadilla cuando se dió cuenta que ella lo había ejecutado sin dudar ni importarle las consecuencias.
El olvido era cerrar las ventanas para protegerse pero también era un símbolo de debilidad. Dejar afuera el ruido del mar significaba ir y venir sin saber desde dónde partir y desconociendo el lugar de llegada.
Caminó unos pasos acercándose al ventanal, y constató que la transparencia era de tal magnitud que el mar y sus olas, sus olores y espumas parecían hacer parte del ventanal.
El olvido…llegar a hacerse esa pregunta, lograr olvidar sin arrepentimiento, sin remordimientos sin vergüenza de uno mismo, era lo peor que le podría ocurrir. En el fondo sabía que no podría abandonar.
Eran su propia sangre, la misma sangre que viajaba incansablemente en un circuito nuevo, cada vez era un intento de vida o de muerte.
Decidió salir a la terraza para llenar los pulmones del aire marino que invadía el ambiente atravesado el bosque de árboles nativos y de algunas araucarias nativas que poco a poco refrescaban el entorno, le habían contado que la brisa marina era una de las causas del microclima en ese sector, que atraía turistas de todo el mundo.
A lo lejos se escuchaban los ladridos de los perros y según la dirección del viento podía calcular cuánto tiempo les quedaba por recorrer hasta llegar a la casa, interrumpiendo la tranquilidad que estaba disfrutando.
A lo lejos también empezó a sonar la música que presagiaba que los preparativos para la gran fiesta ya estaban adelantados. La quietud fue apenas unas sombras, respetadas por los pasos sobre la arena caliente.
Habían previsto pasar ahí el día, los toldos abiertos eran un buen refugio para protegerse del sol, plantados fuertemente en la arena para resistir a cualquier rafaga de viento que podría producirse, echando por tierra las festividades.
Ahí se instalaron, teniendo una buena vista del mar y al mismo tiempo, preservados de los otros turistas que habitualmente veraneaban en esa playa.
La mirada expresaba una infinita tristeza, sólo apaciguada por la presencia de sus nietos. Nunca le gustó la playa ni bañarse en el mar. Recuerdos lejanos en las playas del sur de Andalucía o de la costa central de Chile corroboran ese recuerdo al verlos tomados de la mano él abriendo el camino y ella, quizás para no defraudarlo, seguiendo sus pasos. Atravesando la Alameda a la altura de la calle Ahumada.
No defraudar era el lema que por tantos años escuchó. Seguir el rumbo sin saber por dónde empezar. El súbito cambio que interrumpió la cotidianidad abrió horizontes insospechados. De pronto tenía la eternidad delante suyo sin responsabilidad ni herederos, los años parecían eternos, el tiempo pertenecía al presente y sin saberlo alejaba el pasado.
Sin saberlo se aisló durante 20 años
La playa era larga y sin rocas. Tan larga era que se podía ir de un pueblo al otro bordeando las olas.
Ya no existía otra posibilidad, reconocer el olvido y las miradas como parte intacta de la memoria.
Esa misma memoria que pretendía sostener la vida y los años sin dejar que el asombro fuera también parte del presente.
El intento salvaje por romper las líneas que quizás podrían encontrarse en alguna vía aún no explorada simplemente no resultó, porque seguía flotando en el atardecer un ambiente de veraneo costero.
Se preguntó al entrar en el bar si lo reconocerían o podría pasar desapercibido.
Al final siempre habrá un lugar donde tendrás abierto mi corazón, decía, escrito con una caligrafía de niño la pancarta detrás del mesón.

Siempre volverán las olas para recordar lo hermoso que es ser tu padre.
Siempre podrás decir que me fui al cielo y desde ahí sigo queriéndote.
Siempre estuve a tu lado respetando tus diferencias.
Adaptándome al latir de tus preguntas
Siguiendo el ritmo de tus preguntas
A veces inventando respuestas
Compartiendo contigo y construyendo un resguardo con el que siempre te respondía dejando lejos las dudas.
No lo dudes porque siempre estaré acompañándote aunque me quede sin voz alzaré los brazos desde donde esté para abrazarte y siempre volveré a estar cerca de ti.
